Damas y caballeros, con ustedes: Nueva York

No puedo dormir. El jet lag me mata y sé que tengo unos cuantos días por delante para acostumbrarme. Siempre he dicho que lo mejor de los viajes es el regreso, mucho más esas vueltas en las que nos reconocemos cansados, agotados, exhaustos, cuando la maleta no puede deshacerse y tropezamos con recuerdos del viaje a cada paso, cuando enseñamos las fotos trescientas veces, cuando no podemos cerrar el baúl que las custodia. He estado fuera tres semanas y me da la sensación de que han transcurrido meses. Uno nunca vuelve igual...

La playa presumía ser un descanso activo, es decir, un cambio de aires pero con muchas lecturas por delante. Tuve mucho cuidado en elegir lo que me llevaba, no quería "distracciones" aunque las necesitara y llené la mochila de ensayos y lecturas "recomendadas" para mi proyecto, con la gran satisfacción de leerme prácticamente todo. La brisa del mar trajo consigo algunos sinsabores, noticias desde casa que te hacen pensar en la suerte como una entelequia, una especie de imposible que se obstina en visitar a aquellos que menos la necesitan; peor aún, un áura divina que lejos de tocarte con su gracia debe ser trabajada, como todo en esta vida, que al fin y al cabo es la que dispone. Estos quebraderos de cabeza impidieron que desconectara como yo hubiese querido, además de una horda de hormonas andantes que se empeñaron en intentar convertirnos a toda la población vacacionera en espíritus vampirescos aficionados a la nocturnidad. Juventud, divino tesoro...

Cinco horas en un tedioso autobús y nos plantamos en Madrid el 12 de julio, en la antesala de un vuelo de ocho horas, otro más. Nunca acabaré de acostumbrarme a esos viajes en el tiempo, aunque uno disponga de DVD y pueda verse las películas que quiera, aunque puedas leer a tu antojo. Los aviones tienen un no sé qué de rancio insoportable que abomino. A las cuatro de la tarde aterrizamos en Newark, controles de seguridad, el agente que hace más preguntas de las necesarias (cómo me lo temía!), las maletas que se eternizan... Un tren y en veinte minutos nos plantamos en la Penn Station en el Madison Square Garden y de repente, el mundo cambió: aceleró, se convirtió en una frugal carrera por las calles de la ciudad icono cosmopolita por excelencia: Nueva York. Aitor me pega una voz: ¡quieta! Es necesario detenerse en medio de semejante locura, un momento de respiro para encontrarse. La confusión comienza a definirse: new yorkers abarrotando las aceras, los cabs amarillos inundando la ciudad y sobre todo, esguince de cuello en la urbe de los skycrapers. Es fácil distinguir a los turistas: sólo miran hacia arriba. Y justo a nuestra derecha el Empire State Building dominando Manhattan como si de un poderoso empresario se tratara. Como siempre, la frase que pasará a la posteridad por lo estúpida e inadecuada; como siempre, es mía: "Pues a mí no me parece tan alto...".

Una vez instalados en un lujoso hotel bien situado comenzamos una misión de reconocimiento que nos lleva a cometer la primera locura de la semana: ventilarnos todo el Midtown en apenas unas horas. El pequeño Empire, el Crysler (muchísimo más atractivo), la estación de Grand Central Terminal (impresionante, recomendable perderse en hora punta), el Rockefeller Center, la catedral de Saint Patrick... la primera sorpresa de estos escenarios es la relativa poca gente que nos encontramos, fue un paseo tranquilo y especial, hasta que llegamos al lugar en el que se encontraban todos los neoyorkinos y los turistas: Times Square, uno de los centros neurálgicos de la ciudad, una serie infinita de publicidad y luces. Damas y caballeros, bienvenidos al mayor teatro del mundo.


Segundo día en la Gran Manzana. Desayuno al modo lugareño: tanque de café (en mi caso cola cao) y una bagel. Eso sí, para llevar. Un aviso: cuando los vasitos dicen que la bebida está muy caliente, realmente lo está. Ni mi lengua ni mi paladar volvieron a ser los mismos en toda la semana. Ponemos rumbo al Lower Manhattan, en el extremo sur, para visitar la zona financiera, y antes de cometer la segunda locura de la semana, imponemos cordura y en vez de bajar andando cogemos el metro, toda una experiencia en la que hay que tener cuidado de no coger el equivocado. Una vez le pillas el truco no tiene pérdida, aunque discrepo abiertamente del tipo de subway. El de Madrid es muy clarito, podrían aprender otras capitales. Resurgimos en el City Hall, aunque tuvimos que verlo de lejos por las medidas de seguridad y enfilamos Broadway para adentrarnos en el lugar en el que se maneja el mundo. La Zona Cero emerge como un solar impresionante invadido por grúas; me estremezco pensando en ese escenario tan solo unos años atrás. Quizás yo hubiera dejado el lugar como una gran pradera verde, sin nada más, pero claro, ese proyecto no da dinero y sí un rascacielos más grande y mastodóntico. Una vez más, el mayor teatro del mundo. Enfrente del Trinity Church un cartelito nos dirige a la izquierda a una calle más bien estrecha, mucho más de lo que parece: Wall Street con la Bolsa y el Federal Hall. Como aún tenemos tiempo de ver a los estresados corredores en el lunch nos dirigimos al sur del Financial District para coger un ferry hacia Staten Island. En nuestro caso era la mejor opción para visitar la Estatua de la Libertad, puesto que así evitábamos a toda la horda de turistas y además podíamos verla gratis y en mucho menos tiempo. Las vistas de Manhattan no tienen precio, como tampoco pillar algo para picar y sentarte en medio del Liberty Park, justo entre el World Trade Center y Wall Street, lugar de reunión de muchos financieros a la hora de comer. Los puestos callejeros de perritos calientes y demás porquerías son uno de los lugares comunes de Nueva York, junto con los McDonalds y los Starbucks y además envuelven la ciudad de un característico aroma. Juro que lo intenté y me lo propuse varias veces, sobre todo cuando el hambre apretaba, pero era pasar al lado de un carrito de estos y me entraban las náuseas y el malestar. Realmente asqueroso.

Un pequeño paseo y rumbo hacia al puente de Brooklyn, tan mítico en realidad como lo es en la ficción. Posiblemente las mejores instantáneas de la ciudad se tomen desde ahí, y no desde las alturas de cualquiera de sus rascacielos. No eran ni las dos de la tarde y ya habíamos completado el plan del día. ¿Qué hacer? Pues la gran locura de la semana: recorrer todos los barrios entre el Midtown y Tribeca y Lower Manhattan. El primero de ellos fue Chinatown y sobre todo Canal Street, toda una experiencia. Además puedo enorgullecerme de hacer visitado los baños públicos del Columbus Park y sobrevivir en el intento. Cuando la fisiología obliga... También visité el templo budista de Mahayana, aunque me pareció bastante artificial y decepcionante. Nada como recorrer esas caóticas calles con tiendas tan peculiares y acercanos a Little Italy caminando por Mulberry Street. Es como si el tiempo se hubiese detenido. Era momento de ingerir alimentos y elegimos un lugar bastante típico americano, con luces de neón y música de los años cincuenta, en la que di cuenta de una buena ensalada y unos fussili con mozzarela muy tremendos. Sobre el mapa puse en una balanza el Lower East Side y Soho, Noho y Nolita, decantándome por éste último, diferente y con una cantidad de tiendas de diseño considerable.

El siguiente paseo fue por las calles de Greenwich Village, West Village y Meatpacking District, llegando a una de las zonas que más me gustaron de toda Nueva York. Podría vivir allí, un océano de tranquilidad en medio de la gran ciudad, un barrio dominado por la Universidad de Nueva York, con calles de casas bajas, parques, restaurantes accesibles, la famosas canchas de baloncesto de West 4th Street, en el que casualmente estaban jugando... ¡ah! Y la casa de Friends en Bedford St y Grove St (por supuesto que la encontré CarLitros, muchas gracias por decirme dónde estaba). El Washington Square Park me pareció un lugar bastante entrañable con los ajedrecistas, sobre todo una magnífica escena de uno de estos jugadores enseñando algunos trucos a un crío que no tendría más de diez años. En este parque está el Washington Square Arch y de ahí nace la famosa Fifth Avenue, cuyas primeras manzanas recorrí hasta llegar a Union Square, Flatiron District y Gramercy. Union Square vale más por la historia que la secunda que por lo que es en realidad, además me la encontré en obras, así que ascendí por Broadway hasta dar con uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, el Flatiron, en el que me pasé bastante rato intentanto encontrar la foto perfecta.

Semejante día no podía acabar de otra manera que subiendo al rascacielos más emblemático de Nueva York, el Empire State Building, no apto para aquellos que tienen vértigo, aunque si eres un masoca como yo pues no queda más remedio que hacer de tripas corazón y amarrarse a la verja o a los telescopios turísticos, mucho mejor por el lado en el que no sopla el viento. Ahí puede sentirse uno el amo del mundo.

Prometo más capítulos, esto acaba de empezar...

5 comentarios:

Abe dijo...

¡Más, más, más, más, más...!
Besos.

Saturnino dijo...

Abe, no la animes que no ha callado desde que llego a casa.
Sonia estoy de acuerdo contigo en que lo mejor es la vuelta a casa.
Un beso.

Rafa González dijo...

Tengo los dientes más largos que el smirillodon!!! No veas las ganas que tengo de ver aquello en primera persona. Me ha encanado la entrada y sólo puedo pedirte que cuentes muchísimo más... Bienvenida!!

Elena dijo...

Sin palabras las fotos, sin palabras la entrada, sin palabras tenerte en casa.

CarLitros dijo...

Ya te echaba de menos.

Se nota que disfrutaste mucho.

Un beso Medio Vecina