Россия 2009

Ya ha pasado más de una semana y pervive el recuerdo de un viaje difícil de olvidar por muchos motivos. Viajar a Rusia, ver Moscú, San Petersburgo y Voronezh fue como traspasar una barrera temporal y cultural, adentrarse en un mundo desconocido en el que poco valen los recursos cívicos occidentales. No hace mucho mamá me recordó que con sólo tres añitos ya me fui de campamento, preludio del culo inquieto que se ha ido forjando con el paso del tiempo. No puedo evitarlo, me gusta perderme por las calles, curiosear, aprender otras formas de vida, contemplar la realidad desde otro punto de vista. Luego llega lo más hermoso del viaje, que es regresar a casa, una vuelta que provoca más cambios, aquellos que vienen con nosotros en la maleta y que nos enriquecen irremediablemente.

Hablar de Moscú y San Petersburgo puede ser fácil. Basta con nombrar el Kremlin, la Plaza Roja, San Basilio, la Catedral del Cristo Redentor, la Universidad, el metro, el Hermitage, la catedral de la Sangre Derramada, la gran fortaleza donde descansan los zares... Puede aludirse a la gran Rusia, el poder imperial zarista y las huellas bien visibles del Soviet y el comunismo, de Lenin y Stalin. Puede mencionarse las matrioskas, el vodka, el caviar y el chocolate. O hablar largo y tendido del famoso alfabeto cirílico. Pero eso sería como ofrecer una serie de postales, un viaje estándar e impersonal.

Prefiero quedarme con el homenaje a Lenin que presencié en plena Plaza Roja, en su mausoleo. Un conjunto de personas, la mayor parte de mediana edad para arriba, portando banderas comunistas y entrando con flores para rendir culto a la momia embalsamada. Es uno de esos momentos que intuyes único, un recuerdo muy vivo de lo que pudo ser el Comunismo en su cuna. Eso era la URSS, justo allí, delante de mis narices.

Hasta que uno gira sobre sus pies y enfila la mirada al gran edificio que domina la Plaza en el extremo opuesto al Kremlin, una galería de tiendas de lujo, con precios poco accesibles para la práctica totalidad de los mortales y una iluminación nocturna sospechosamente parecida a la de los almacenes Harrod's en Londres. Aquello es el mundo globalizado en el que vivimos entrando de lleno en un terreno antes vedado.

Cuando uno se encuentra esta estampa los primeros días de viaje sabe que se enfrenta a un país de contrastes a cada vuelta de la esquina. El parque automovilístico da buena cuenta de ello; excepto en grandes ciudades, es difícil ver tal aglomeración de coches cinco estrellas y alta gama de lujo mezclados con los Lada más arcaicos del mercado. Y por supuesto nunca había visto tanto Hummer juntos, mucho menos limusinas Hummer de todos los colores, negras, blancas y hasta rosas. Si la postal viene aderezada por un grupo de señoritas bastante puestas (de todo) con la música a niveles discotequeros, a uno ya le da vueltas la cabeza y no sabe si está en Beverly Hills o en el mirador de la Universidad de Moscú, contemplando la ciudad a tus pies mientras los coches pasan detrás marcándose unos rallies impresionantes.

Si seguimos contrastando, pocas ciudades me han llamado tanto la atención como Moscú. La mayor parte de las veces encontrar un paso de peatones es harto difícil y no sé por qué pero los pasos subterráneos me pasan bastante desapercibidos. Intentar cruzar a lo kamikaze como hacemos, por ejemplo, en León, es algo más que una locura, puesto que una calle normal puede tener bien a gusto unos tres carriles por sentido, de media. Cuando se llevan unos cuántos kilómetros en las piernas y cansancio acumulado de tantos días de caminata, tener que desandar doscientos metros por una calle sólo para cruzarla... mejor no reproduzco lo que se le pasa a uno por la cabeza.

Lo positivo del asunto radica en que Moscú es un bosque. Envidio el concepto de ciudad que tienen en Rusia, mimetizado con la naturaleza. Desde el avión no te da la impresión de acercarte a una urbe de más de quince millones de personas, sino a un bosque gigantesco salpicado de población. Multitud de parques, jardines moteados de tulipanes y lilares, y árboles, muchos árboles en todas las calles, sin que molesten y deban ser talados. A cambio nosotros tenemos un desierto.

Por norma general San Petersburgo suele gustar más que Moscú. Es una ciudad hecha a escuadra y cartabón, vivo recuerdo de las principales capitales europeas. Es como visitar Venecia, Florencia, París, Ámsterdam... Apenas se necesita mapa, una de tres: o palacio, o casa señorial o iglesia. Dos fueron las cosas que recuerdo con especial interés: el interior de la Sangre Derramada y el Hermitage. Arte puro. No suelo mostrar interés en el arte sacro, pero reconozco que el ortodoxo tiene un cariz distinto del acostumbrado católico. Los iconos, el gusto por el dorado, los mosaicos. Resulta imposible describir lo que es entrar en esa iglesia, absolutamente decorada por mosaicos de vivos colores, como lo es también recorrer las salas del museo del Palacio de Invierno. Creo que pasamos una mañana entera en el Hermitage y aun así no vimos toda la colección. Sí pude detenerme a mis anchas en el siglo XIX francés (mi preferido) y siglo XX. Me hubiera quedado allí todo el día. Pero por extraño que parezca San Petersburgo no me llegó al alma. No me pareció... auténtica. No en vano, no deja de ser el capricho de un zar, y a mí tanta magnificencia...

Voronezh, a pesar de que nuestra anfitriona se quejara de que no tenía nada destacable para ver, me pareció una ciudad mucho más atractiva, más real. La estancia en el hotel me costó lo mismo que el Hilton de EEUU, pero claro, de Hilton tenía poco. Mi habitación era normal, con vistas al teatro del centro de la ciudad. Sin embargo, traspasar la puerta y adentrarme en el pasillo era como viajar en el tiempo. La remodelación aún no había llegado al corredor: la moqueta, las paredes, las luces mortecinas... me recordaron al alojamiento en la residencia de la Universidad de la Lingüística en Moscú, donde absolutamente todo, habitación más baño (capítulo aparte la de los baños) no habían sido modificados ni un ápice desde hacía por lo menos 30 años. Al lado del hotel tenía lugar todos los días un rastro, un mercado en el que podías curiosear y adquirir todo tipo de productos, como si uno estuviera en una época diferente. Al otro lado, en vez de Plaza Mayor como en España, la gran Plaza de Stalin, centrada por una estatua en la que aparece el dictador arengando a las masas. De todas las anécdotas vividas en esta ciudad me quedo con la barbacoa que nos brindaron desde la organización del Congreso en el que participé. El autobús era el que era, de esos antiguos con bancadas de cuero, chirriando por todas partes, mucho más cuando nos dirigíamos a las famosas dachas, en pleno bosque, por carreteras primero, carreteruchas después, caminos tristemente asfaltados, suelo pisado... en mi vida había dado tantos botes ni había disfrutado con la experiencia.

Aquello era Rusia, lejos de los circuitos turísticos, donde intentar hacerte entender con una persona que no sabe nada de inglés para que te abra una puerta es todo un logro. Se me quedan muchas cosas en el tintero, pero es que podría pasarme horas hablando de uno de los mejores viajes de mi vida.

9 comentarios:

Sandra dijo...

Ya vi piedras, piedras, piedras y más piedras de este viaje. Yo te debo las de Tenerife y por supuesto las que hagamos hoy a partir de las 2.30 h.
Hasta la vuelta, sister. Un besin

Rafa González dijo...

No te cortes y sigue contando más cosas...
Menudo viaje!

CarLitros dijo...

Por lo menos intuyo que disfrutaste mucho del viaje.

Un besazo Medio Vecina

Beatriz dijo...

Qué envidia (sana, por supuesto). Me alegro de que hayas disfrutado de tu viaje.
Te das cuenta de la realidad de la globalización cuando después de recorrer cientos de kilómetros sigues viendo los mismos escaparates que en la Gran Vía (en el caso de Madrid).
Un placer leerte, como siempre.
Besos.

Gregorio Toribio Álvarez dijo...

Pedazo de viaje que te has metido en el cuerpo. Como dice Beatriz, envidia sana.

Debe ser un encanto ver tanta naturaleza dentro de una ciudad gigantesca. Me atrae, pero por otro lado me produce cierta sensación de miedo. (De uno que se conforma con patear el barrio en vez de patear el mundo).

Gracias por compartirlo.

Saturnino dijo...

Yo me quedo con la vuelta a casa.
Un beso.

Pepe Rubio dijo...

Hola maja!!! me creía que ya no volvías, después de tanto tiempo sin escribir has puesto un pedazo de post que se corresponde al pedazo de viaje que te has pegado jejeje.

Muy buen post, le has dado un toque muy personal, muy entretenido y muy curioso.

José Miguel dijo...

Vamos... en dos palabras... in-creible hija mía...jejeje!! ¡qué envida sana! ¡increible! oye que gracias por pasarme la dirección, iré entrando de vez en cuando para ver qué ocurre por aquellos lugares leonesess...

Sin más, desde el sur de l'Espagne... un besazo enorme wapetona

SONIA dijo...

Sandra: anda que no os enseñé fotos! A vuestra esperada vuelta espero ver las de Tenerife y ahora Lanzarote. Un besín sister!!

Rafa: cuando cerré la crónica me angustié un poco pensando en todo lo que me había dejado en el tintero. Algunas cosas merecerán capítulo a parte. Habrá más. Un saludo amigo!

CarLitros: disfrutar es poco en comparación con la experiencia. Es un país tan distinto que de una forma u otra te llega. La de aventuras que puedes vivir!! Un beso Medio Vecino!

Beatriz: jeje, para eso están los viajes, para provocar envidias e infectar a posibles aventureros. Estoy totalmente de acuerdo contigo, la peor cara de la globalización es la pérdida de autenticidad de cada país. Una verdadera lástima en muchos casos. Un abrazo amiga!

Gregorio: si he tardado más de una semana en ponerme a escribir la crónica ha sido precisamente por el cansancio mental y físico del viaje. Nunca olvidaré esta experiencia. Por eso te invito a que desempolves el espíritu aventurero y te atrevas a "patear" hasta el infinito más allá de los límites de tu barrio. No te arrepentirás nunca. Un saludo amigo!

Saturnino: sé que casi te echas a temblar cada vez que menciono un posible viaje. Mucho más este año, cuando he tenido la "desfatachez" de irme a sitios demasiado alejados de casa. Y lo sé porque lo que preguntas siempre es cuándo vuelvo. Siempre es gratificante saber que alguien te echa de menos. Por eso merecen tanto la pena los regresos.

Pepe: jeje, por mí me hubiera quedado en Rusia bastante más tiempo; de verdad ha sido un viaje muy especial. Me alegro de que te haya gustado la crónica del viaje. Un abrazo!!

Josemi: lo primero, bienvenido a mi blog. Espero y deseo que te pases por aquí siempre que quieras, como si estuvieras en tu casa. La próxima vez que me aventure en un viaje de estos tendré la decencia de preguntarte si quieres venir, así la envidia la damos juntos, jeje. Un besazo desde el norte!!

Una vez más, muchas gracias a todos por acercaros a mi blog y participar en él.
Un saludo!!